“Un trabajo serio y bien enfocado”, JUAN KRAKENBERGER

MUNDO CLÁSICO. CRÍTICAS. CATALUÑA.

El coro Hondore procede del País Vasco, fue fundado a finales del 1996, y está actualmente formado por nueve voces altas (ocho mujeres y un contratenor) y ocho voces bajas (tenores, barítonos, bajos). Cantan ya sea a capella o con piano, y hubo pasajes para voces altas, exclusivamente, y para voces bajas también, lo que permitió aquilatar la excelente calidad vocal y la unidad de enfoque sonoro de todas las voces. En ocasiones, un cuarteto de cuatro solistas tuvo intervención, siempre de gran calidad y pureza. Estamos pues ante un conjunto que nos puede deparar grandes placeres, lo que efectivamente sucedió en las primeras dos obras del programa.

Les Djinns, sobre texto de Victor Hugo, compuesto por Gabriel Fauré, con importante intervención del piano que no solo acompaña sino tiene intervenciones destacadas, cuenta la historia de unos espectros nocturnos ruidosos que quieren impresionar a los seres vivos, pero que finalmente se desvanecen. Este contenido es aprovechado por Fauré para un relato dramático, con pasajes muy discretos contrastando con otros muy fuertes y animados: música muy bien hecha, con mucho cariño, con importante rol para la soprano solista, e intervenciones más breves de contralto, tenor y barítono solista. Hay que felicitar a cantantes, director y pianista: esto sonó muy convincente, y la bella música de Fauré tuvo su momento de esplendor.

Siguió una obra más breve, Trois beaux oiseaux du paradis de Maurice Ravel. Esto sí fue algo fuera de serie. El coro a capella canta, en las tesituras altas, una sencilla línea melódica, y las demás voces forman un acompañamiento, tipo eco de una iglesia, con armonías sublimes. ¡Que delicia! Nunca había escuchado esta obra de Ravel, y mi admiración por él se acrecentó aún más: fue una revelación como el compositor supo jugar con sonoridades etéreas, para acompañar la línea melódica, emotiva pero cautivadora. La versión me pareció espléndida: pudimos gozar plenamente de la belleza de esta página, casi desconocida del gran maestro francés..

Siguió Les Chansons des Roses del americano Morten Lauridsen. Nacido en 1943, y activo como compositor y profesor en Los Angeles, California, su lenguaje armónico es básicamente tonal, con giros modernos moderados. Las cinco canciones empiezan a capella pero en la última entra el piano. Entre las cinco hay piezas animadas y otras, tranquilas, algunas con un contrapunto inteligente y muy bien ideadas para coro -Lauridsen solo compone para coros, es su especialidad, y se está haciendo famoso entre los que cultivan el género-. Y ahora viene lo que menos me gustó: la quinta canción, en la cual participa el piano, se basa en un giro melódico bastante trivial para obtener un clímax final resultón, para entusiasmar al público. Y lo hizo -pero no de una manera emocional sino creando excitación- la eterna receta de los músicos norteamericanos para ‘materializar’ sus éxitos. La versión fue por supuesto, buena…. qué pena, que en materia de gustos eso se fue por otro derrotero.

Luego de un breve intermedio, escuchamos cinco canciones catalanas de Josep Vila i Casañas, sobre poemas de Miquel Desclot. No podía faltar música catalana en un concierto de inauguración de esta naturaleza, y la elección hecha fue muy feliz: se trata de música muy fresca, que recurre varias veces a ritmos ternarios, que utiliza las voces femeninas cuando es oportuno y las varoniles cuando el texto lo justifica, a capella o con piano, lo que redunda en mucha riqueza de color sonoro. El compositor utiliza algunos recursos sonoros (como el soplo del viento) y en general aprovecha los textos para subrayar su contenido: así desfilan las canciones de la Ventana, del Farero, de Patinar, del Pescador de Lunas y del Instante. La versión cosechó nutridos aplausos.

Siguieron Tres nocturnos del ya mentado Morten Lauridsen, sobre textos de Rilke, Neruda y Agee, todos con piano, que nuevamente mostraron la habilidad del compositor de escribir música para coros. Pero el recurso fácil para obtener efectos hizo nuevamente su aparición. El programa terminó con Little Birds, sobre texto de Octavio Paz, compuesto por Eric Whitacre (1970). En efecto, esto fue música más contemporánea, bien escrita, con una buena dosis de humor, contando para ello con la intervención del piano.

Ante los aplausos del público, el coro nos ofreció dos propinas: una cantada con el coro emplazado en los pasillos laterales formando una gran U, lo que permitió apreciar la buena acústica del recinto: apenas se escuchó una diferencia con la actuación del coro ante el altar. Y para terminar, un himno triunfal cuya melodía podía uno tararear en el camino a casa, muy pegadiza y resultona.

Hay que destacar la gran habilidad del pianista Arkaitz Mendoza en sus intervenciones, siempre potenciando al coro y afrontando algunos pasajes de técnica exigente, con plena soltura. En cuanto al director, Jesús M. Unanue Munduate, fue capaz de sacar dinámicas muy bien contrastadas, y pudo en todo momento diferenciarse un pp de un p, o un mf de un f o ff. Ello muestra que en el coro Hondore se hace un trabajo serio y bien enfocado.

El público recibió un folleto con los textos originales cantados, en su mayoría en francés, pero también en catalán, castellano e inglés, con sus correspondientes traducciones.

“Criterio y pasión”, AITOR ALVAREZ (DV)

MÚSICA, MATINÉE DE MIRAMÓN

El ser perfeccionista es una cualidad que en general proporciona cosas positivas, aunque en algunos casos pueda convertirse en el peor de los enemigos. Lo que está claro es que se trata de algo innato que irremediablemente define la personalidad de quien la posee. Esta condición tiende a magnificarse en las áreas que más se aprecian, en aquéllas que te hacen sentir, emocionarte y soñar. En el mundo de Arkaitz Mendoza ,este campo se llama música y, concretando un poquito más, la música escrita para piano en la solemne era romántica. Es ahí donde su corazón palpita con intensidad, se vuelve frágil ante las sensaciones que esta música le transmite y, a la vez, se hace fuerte para sacar lo mejor de ella. Es precisamente aquí donde su sentido de la perfección se agudiza y donde toda su musicalidad interior se activa para dar a cada argumento musical su verdadero sentido y significado.
A través de un programa que conoce sobradamente y domina con naturalidad, Arkaitz nos mostró un perfil de pianista meticuloso, detallista y, cómo no, perfeccionista, dando la sensación de que todo estaba estudiado con precisión milimétrica. El donostiarra tiene mucho para transmitir en su interior, y lo mejor es que posee las aptitudes técnicas y expresivas para ello. Su poder de comunicación, tanto en el gesto como en la música que crea, es grande, su criterio interpretativo convence y la pasión que le invade engancha hasta al oyente menos receptivo.

Sin partituras, facilitando así la máxima concentración, el pianista nos dejó una Rapsodia de Brahms fogosa y pasional, dos Nocturnos de Chopin empapados de magia y sensibilidad y un Valle d’Obermann de Liszt profundo, intenso y comunicativo. Tras él, los siempre poéticos Preludios Vascos de Aita Donostia y el magistral y granadino El Albaicín de Albéniz.

Fue, en suma, un gran recital de piano en el que Arkaitz Mendoza disfrutó de lo lindo y nosotros con él.